BAHARAT

Autor: Diego Ferrero

Esteban nos conoció en una de las ferias que participamos. Alto, morocho, ese día había mucha gente y lo vimos venir “cogoteando”, husmeando de dónde provenían los intensos aromas.

Se acercó nos preguntó, levantó un frasco, lo olió y su cara se transformó. Se enamoró…del Baharat o siete especias árabes. Marcela su novia, a su lado se enamoró también. No nos quedaba más Baharat, así que quedamos en llevarle una promoción de cajas que lo incluyera. Monte Grande era el destino final.

El miércoles siguiente a pesar del intenso calor que hacía y el viento que molestaba, me subí a la KANGOO y puse rumbo de entrega. Nadie se imagina lo que es la ruta 4 al mediodía con treinta y cuatros grados. El asfalto se derrite, literalmente y se forman unos pozos enormes causados por las cubiertas de los grandes camiones que circulan. Fueron apenas unos segundos en un semáforo, cuando el horizonte se transformó en vapor y se movía de arriba hacia abajo. Allí imaginé un largo camino en una ruta desértica, de pronto todos habían desaparecido, menos un oasis que se alejaba cada vez que intentaba acercarme. Por suerte para estos casos mi KANGOO se transforma en camello, así que estaba tranquilo, sabía que iba a llegar. A tan solo cinco kilómetros y sin siquiera darme cuenta un carro con caballos se atravesó en el camino y mi camello frenó de repente. Él estaba preparado para esto. Pensé, un grupo de beduinos. ¿Pero de dónde salieron? Hacía mucho calor y tenía mucha sed ya no tenía manera de regresar debía continuar. Lo vi a Esteban como el Sultán de Monte Grande, esperándome para disfrutar de una de las mezclas especialmente preparadas para él.

Llegué por fin a su morada. Un palacio sencillo y glorioso era el único que disponía de árboles y palmeras en ese vasto desierto que lo rodeaba. Seguramente debía tener agua fresca. Bajé, me acerqué y había una campana que hago sonar y desde el fondo del palacio se escucha.

          -¿Quién es? 

          -Soy Diego, de Niña Federica…

Salió, me vio, levantó su mano y pude ver esa expresión de alegría en su cara. El Baharat ya estaba a buen resguardo. Nos quedamos hablando un largo rato y le pase algunas recetas de cómo utilizarlo. Me dio de beber una copa de agua y después de eso nos despedimos, a la manera que lo hace un Sultán. Extendió su mano derecha y estrechó, con un apretón suave y largo la mía. Recién ahí entendí que volveríamos a vernos. Di media vuelta y me fui a mi KANGOO.

Allí estaba mi camello, lo monté, mire hacia el horizonte y pensé “por hoy basta de desierto” Y mi camello se transformó en un hermoso velero a punto de emprender el regreso a casa en un mar cálido rodeado de surfistas, delfines, colchonetas y un montón de personas disfrutando de una día de playa, despejado y caluroso.

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