Vamos a charlar

Niña Federica y El Fantástico Mundo de las Especias

El Castillo de Laura

Autor: Diego Ferrero

-Por favor vengan a las tres y media de la tarde. Es que estoy sola con los nenes y no puedo bajar, ¡Son terribles! Mi mamá llega a esa hora y me releva un ratito.

Esta fue la consigna a seguir que nos comunicó  Laura, quien había comprado dos cajas de blends de especias Niña Federica. El destino era Bernal. Preparamos el pedido y salimos en nuestra KANGOO. Era principios de agosto y el día diáfano era hermoso.

Llegué puntual. Era un lindo edificio de 2 pisos. Levanté la mirada y pude ver una especie de terraza con barandas de madera. Me imaginé la torre de un castillo medieval. Me lo imaginé sitiado y en lo alto de esa torre una reina. Atrapada. Luchando y defendiendo a sus hijos. Me lo imaginé, o no.

Soy alto y a pesar de ello tuve que subirme a un escalón, porque el umbral de la puerta estaba elevado. Como si hubiese un foso con agua que separaba al castillo, y toqué timbre en el departamento de Laura.

-Hola…hola. – La voz se entrecortaba y el portero eléctrico hacía ruido. Había interferencias. Enseguida me imaginé lo peor ¡la reina estaba luchando! Pensé ¿por qué me habrán llamado?  Y recordé son los blends.

– Soy Diego de Niña Federica.

          – Ah! … sí… mi mamá todavía no llegó. ¿Me podrías esperar un ratito porque tengo a los nenes solos?

          – Si…si espero no hay problemas.

Pasaron cinco minutos y diez más. Nadie venía en su auxilio. Seguramente necesitaba urgente  nuestro quatre épices para que vaya en su ayuda. Es bueno. Te salva de todo. Estaba impaciente, intranquilo.

          – Hola…Diego… ¿estás ahí? La voz provenía del portero.

          – Si…si – Atiné a decir.

          -¡Disculpame! mi mamá está a tres cuadras…ya llega.

No pasaron más de cinco minutos y logro divisar a lo lejos una figura. Era ella, su mamá. Venía rápido como si su caballo hubiese volado hasta allí. Me vio, me presenté. Soy Diego, vengo a ayudar. La madre tomó los blends de especias y apenas abrió la puerta, miré hacia arriba y la reina se hallaba asomada. Unas pequeñas manos se asían a la baranda de madera. Ella estiró su mano y dejó caer algo, mientras me gritaba ¡esto es el pago! ¡Gracias!

Logro pescar el bulto y cuando lo tengo veo que es el pago del pedido. Lo extraño o lo hermoso de esta historia es que los billetes estaban atados con una vincha elástica de esas que las nenas usan para el cabello. Saqué el dinero y antes de que la puerta levadiza del castillo se cerrara, alcancé a arrojar la vincha a la mamá de Laura. Me vio. Me sonrió y la agarró fuertemente.

La vi marcharse y respiré profundo. Di media vuelta y allí estaba, como siempre, estacionado, mi caballo de caballero y sin pensar mucho más, emprendí el retorno a casa montado en mi KANGOO.

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